SANTA MARIA.- Hubo una vez en la campiña de Huacho un personaje llamado “Chalelo” dueño de propiedades en Chonta, Zapata y el Guayabal, se dedicaba a la crianza de distintas razas de gallos de pelea y en sus galpones sólo le faltaba una,  para sentirse completamente satisfecho de sus bienes gallísticos. Un buen día se dio cuenta que uno de sus vecinos, un exitoso criador de gallos de pelea conocido en toda la campiña como “Cocho” tenía esta determinada raza de gallo de fina estampa, así fue que día tras día trataba de convencerlo para que le vendiera un gallo de la famosa raza que anhelaba tener. Al cabo de unos meses después de varias tratativas logra convencerlo, y por fin llegó a tener en sus galpones al gallo de sus sueños. A continuación la historia del cebiche de pato escrito por Julio Solórzano Murga.

Un mes después el gallo se enferma. Chalelo mandó llamar a Don Roberto Virú, el único veterinario de la zona, muy requerido en toda la campiña huachana. Don Roberto al ver al gallo, le dijo: Bien señor, su gallo está con un virus muy peligroso y es necesario que compre usted estas pastillas que va a suministrarle por tres días consecutivos. Luego veremos si ha mejorado, de lo contrario no quedará más remedio que sacrificarlo. Bajo un silencio lúgubre el pato escuchaba muy atento el diagnóstico del veterinario.

Al día siguiente le dieron las pastillas junto al maíz y se fueron, el pato se acercó lentamente al gallo y le dijo: Levántame mi amigo, ten valor y ponte de pie, que de lo contrario vas a ser sacrificado.

Al otro día le dieron nuevamente su medicamento y se fueron. El pato todo preocupado fue nuevamente hacia el gallo y le dijo: Por favor, mi gran amigo, levántate de ahí y has el intento de mover tus alas, picotea ahora mismo, si no lo haces vas a morir.

Al tercer día, llegó el veterinario y junto a Chalelo le dieron el medicamento, era la dosis final del tratamiento. El veterinario dijo: Si con esto su gallo no reacciona, tenemos que sacrificarlo mañana porque puede contagiar a sus demás gallos.

Chalelo demostraba en su rostro mucha pena por las palabras del veterinario, lentamente como despidiéndose de su gallo cerró la puerta del corral y salió abatido de tristeza. En ese momento como todo un gran amigo se acercó el pato y le dijo con voz pausada y enérgica a la vez ¡Ven amigo mío!, yo te ayudo. ¡Esfuérzate!, no dejes que la muerte te gane, ¡Aletea!¡Aletea!¡Canta! Así, así! ¡Fenomenal mi hermano!

En eso instantes Chalelo pasaba por su corral y vio al gallo aleteando y cantando. Corrió de emoción a su casa y llamó a su mujer para que viera a su gallo todo retozante en el techo del granero.

La felicidad de Chalelo fue tal que dijo a su mujer: Matilde, esto es un verdadero milagro, manda traer al veterinario para que vea esto, y ordena a la Sra. Angélica que mate al pato y prepare un sabrosísimo Ceviche, esto merece festejarlo.